La pregunta parece sencilla, pero en cuanto intentamos responderla aparecen otras: ¿qué parte de la escritura pertenece al oficio?, ¿qué se puede enseñar?, ¿qué tiene que descubrir cada persona por su cuenta? Y, sobre todo, ¿cómo se encuentra una voz propia?
En este episodio de La Tercera Orilla hablamos de la escritura como oficio, de los talleres de escritura, de la importancia de leer y de la necesidad de aprender a mirar lo que uno mismo ha escrito.
Y partimos de una experiencia personal.
¿Qué debería enseñar un taller de escritura?
Participé en un pequeño taller de escritura. La profesora nos daba unas palabras que funcionaban como disparadores y nosotros escribíamos a partir de ellas. Después corregía algunas faltas de ortografía, pero prácticamente no había comentarios sobre lo que habíamos escrito.
Y aquello me frustró.
No porque necesitara que alguien me dijera que lo que había escrito era bueno, ni porque esperara una valoración positiva. Lo que buscaba era aprender. Si alguien que sabe más que yo lee un texto que he escrito, necesito que me ayude a entender qué está pasando ahí dentro: qué funciona, qué no funciona, por qué una frase podría estar mejor de otra manera, dónde se pierde una idea o qué estoy haciendo que yo misma no estoy viendo.

Me corrigieron la escritura, pero no me enseñaron a mirar lo que había escrito.
Por eso sí creo que se puede aprender en un taller de escritura, pero no creo que cualquier taller enseñe a escribir.
Un buen taller puede ofrecer herramientas, lecturas y ejercicios, pero también debería ayudarnos a tomar distancia de nuestros propios textos. Y debería hacerlo sin intentar que escribamos como quien imparte el taller.
Porque si todas las personas salen escribiendo de la misma manera, quizá hayan aprendido una técnica, pero no necesariamente han encontrado su propia voz.
Rosa Montero: escribir es un oficio
Rosa Montero parte de una idea que resulta tranquilizadora para quien quiere aprender: escribir es un oficio.
Y, como cualquier oficio, necesita práctica. Leer, escribir, pensar, trabajar, corregir, tener paciencia y encontrar una manera propia de enfrentarse a la escritura.
No existe, además, un único método. Cada escritor encuentra su forma de trabajar. Hay quien necesita planificar mucho antes de empezar y quien descubre la historia mientras escribe. Hay quien construye mapas y esquemas y quien prefiere avanzar siguiendo una intuición.

Lo importante no es aprender a escribir como Rosa Montero, sino descubrir cómo necesitamos trabajar nosotros.
También resulta especialmente interesante su idea de que escribir puede ser una forma de aprender. No escribimos solamente porque ya sepamos algo que queremos contar; a veces escribimos precisamente para comprender.
Y ahí aparece una cuestión que para mí es importante: no quiero aprender a escribir para convertirme en escritora ni para publicar. Quiero aprender porque hay cosas que quiero dejar por escrito y me gustaría encontrar las palabras adecuadas para hacerlo.
Si escribir es un oficio, entonces no tenemos que saber hacerlo bien desde el principio. Tenemos que trabajar para aprenderlo.
Rosa Montero comparte en esta entrevista algunas ideas muy concretas sobre el aprendizaje de la escritura: cómo empezar, cómo enfrentarse a la página en blanco, la importancia de trabajar y encontrar un método propio, y por qué escribir también puede ser una forma de aprender.
Leer «10 claves para escribir bien», de Rosa Montero, en El País
Samanta Schweblin: aprender a mirar
Con Samanta Schweblin la conversación se desplaza hacia otro lugar.
Sí, hay herramientas que pueden aprenderse. Se puede aprender a construir una historia, a revisar un texto, a trabajar una escena, a reconocer problemas de estructura o de ritmo.
Pero hay algo que nadie puede enseñarnos del todo: una mirada propia sobre el mundo.
Un buen taller, según esta perspectiva, no debería decirnos cómo tenemos que escribir, sino ayudarnos a descubrir cómo escribimos nosotros. Y, sobre todo, debería enseñarnos a leer lo que hemos escrito.
Esto último parece sencillo, pero no lo es.

Cuando escribimos sabemos qué queríamos decir. El lector no. El lector solo tiene las palabras que hemos puesto sobre el papel. Por eso necesitamos aprender a tomar distancia y preguntarnos qué está diciendo realmente nuestro texto.
Podemos creer que hemos conseguido transmitir una emoción y descubrir que no aparece. Podemos pensar que una escena está clara y descubrir que necesita trabajo. O podemos encontrar en un texto algo que no sabíamos que estaba ahí y que, sin embargo, funciona.
Escribir no termina cuando ponemos el punto final.
También hay que aprender a releer.
Samanta Schweblin habla aquí de una cuestión central para nuestro episodio: qué parte de la escritura puede aprenderse y qué parte tiene que descubrir cada persona. Una reflexión sobre el oficio, las herramientas y esa mirada propia que, según la escritora, no puede enseñarse, pero sí puede aparecer mientras aprendemos a escribir.
Leer la entrevista a Samanta Schweblin en El Cultural
Leer como quien quiere aprender
Leer mucho es fundamental, pero leer mucho no convierte automáticamente a nadie en buen escritor.
Si queremos aprender a escribir, podemos empezar a leer también de otra manera.
Preguntarnos por qué una frase funciona. Por qué una descripción consigue que veamos algo sin necesidad de explicarlo demasiado. Por qué un diálogo parece natural. Por qué una historia comienza justo en ese momento y no antes. Cuándo aparece determinada información y cuándo el autor decide ocultarla. Cómo se construye una escena. Cómo se crea una emoción.
Y hacerse una pregunta muy sencilla:
¿Por qué esto funciona?
Leer así permite descubrir posibilidades. También permite comprobar que no existe una única manera de escribir.
Pero después hay que escribir.
Porque leer nos muestra posibilidades; escribir nos obliga a intentar resolverlas.
Quiroga: precisión, estructura y trabajo
Horacio Quiroga convirtió sus recomendaciones para quienes escriben cuentos en un conocido «Decálogo del perfecto cuentista».
Algunas de sus ideas siguen resultando especialmente útiles: conocer a los maestros, resistirse a la imitación aunque las influencias sean inevitables, trabajar con paciencia la personalidad propia, saber hacia dónde va una historia y encontrar la palabra precisa.

Quiroga insiste también en algo que parece sencillo y exige mucho trabajo: no adjetivar sin necesidad. Si existe la palabra exacta, dice, no hacen falta otras que la acompañen.
Y concede una importancia enorme al principio y al final de un cuento. Saber desde dónde empieza una historia y hacia dónde se dirige forma parte de su construcción.
Pero quizá uno de sus consejos más interesantes para quien está aprendiendo sea el que habla de la emoción. No escribir bajo su dominio inmediato, sino dejarla reposar y volver después sobre ella.
Hay una idea común detrás de todos estos consejos: escribir no consiste únicamente en tener algo que contar. También consiste en saber trabajar aquello que queremos contar.
DECÁLAGO DEL PERFECTO CUENTISTA. HORACIO QUIROGA.
- Cree en un maestro –Poe, Maupassant, Kipling, Chejov– como en Dios mismo.
- Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en domarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.
- Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia.
- Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.
- No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.
- Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: «Desde el río soplaba el viento frío», no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.
- No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.
- Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.
- No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino.
- No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento.
Onetti: no escribir para agradar
Los consejos de Juan Carlos Onetti llevan la conversación hacia otro lugar.
No buscar obsesivamente la originalidad. No escribir pensando en la crítica, los amigos, la familia o un lector imaginario. No seguir las modas. No sacrificar la sinceridad literaria al éxito.

Onetti desconfía de la necesidad de agradar.
Y quizá ahí aparece una de las cuestiones más difíciles cuando empezamos a escribir: ¿para quién escribimos?
No creo que exista una respuesta única, pero sí me parece importante no convertir al lector imaginario en una especie de juez permanente. Si mientras escribimos estamos pensando constantemente en cómo será recibido el texto, quizá terminemos escribiendo para esa mirada y no para lo que realmente queremos contar.
Y luego está uno de sus consejos más provocadores:
«Mientan siempre».
No como invitación al engaño, sino como una forma de recordar que la ficción puede inventar los hechos y, sin embargo, llegar a una verdad. Una historia puede no haber sucedido nunca y decir algo verdadero sobre nosotros.
Quiroga habla de precisión y de construcción. Onetti, de libertad frente a las expectativas.
Dos maneras muy distintas de acercarse al oficio que terminan planteando una cuestión parecida: conocer las herramientas no significa escribir siguiendo una fórmula.
DECÁLOGO MÁS UNO PARA ESCRITORES PRINCIPIANTES.
JUAN CARLOS ONETTI.
- No busquen ser originales. El ser distinto es inevitable cuando uno no se preocupa de serlo.
- No intenten deslumbrar al burgués. Ya no resulta. Éste sólo se asusta cuando le amenazan el bolsillo.
- No traten de complicar al lector, ni buscar ni reclamar su ayuda.
- No escriban jamás pensando en la crítica, en los amigos o parientes, en la dulce novia o esposa. Ni siquiera en el lector hipotético.
- No sacrifiquen la sinceridad literaria a nada. Ni a la política ni al triunfo. Escriban siempre para ese otro, silencioso e implacable, que llevamos dentro y no es posible engañar.
- No sigan modas, abjuren del maestro sagrado antes del tercer canto del gallo.
- No se limiten a leer los libros ya consagrados. Proust y Joyce fueron despreciados cuando asomaron la nariz, hoy son genios.
- No olviden la frase, justamente famosa: 2 más dos son cuatro; pero ¿y si fueran 5?
- No desdeñen temas con extraña narrativa, cualquiera sea su origen. Roben si es necesario.
- Mientan siempre.
- No olviden que Hemingway escribió: «Incluso di lecturas de los trozos ya listos de mi novela, que viene a ser lo más bajo en que un escritor puede caer.»
Las recomendaciones de Jaime
Y si queremos mirar cómo funcionan esas herramientas en manos de otros escritores, Jaime propone tres cuentos.
El primero es «Rodríguez», de Francisco Espínola, uno de los grandes narradores de la literatura uruguaya.
Los otros dos son de Julio Cortázar: «Casa tomada» y «La puerta condenada».
Son tres cuentos muy diferentes, pero en los relatos de Cortázar encontramos además un elemento común: espacios cotidianos que poco a poco dejan entrar lo extraño. Una casa familiar, una habitación de hotel, lugares reconocibles que terminan convirtiéndose en escenarios de incertidumbre.
Leer estos cuentos después de hablar de escritura permite hacer algo que ningún consejo puede sustituir: ver el oficio en funcionamiento.
Observar cómo empieza una historia, cómo se construye una atmósfera, qué información se nos da y cuál se nos oculta, cómo se mantiene la tensión y qué decide el autor dejar sin explicar.
A veces también se aprende a escribir mirando cómo escriben los demás.
Mapa Cultural: los libros salen al encuentro
Después de hablar del oficio de escribir, el Mapa Cultural nos lleva hasta Uruguay para descubrir los espacios donde los libros se encuentran con sus lectores.
La Feria Internacional del Libro de Montevideo es una de las grandes citas literarias del país. En 2026 celebra su 48.ª edición. Junto a ella está la Feria del Libro Infantil y Juvenil de Montevideo, que alcanza su 24.ª edición y pone el foco en los lectores más jóvenes.
Pero el mapa se extiende mucho más allá de la capital.

Jaime nos lleva hasta la Feria Internacional del Libro de Canelones y, especialmente, hasta la Feria del Libro de San José de Mayo, que en 2026 celebra su 19.ª edición. Este año se presenta bajo el lema «El poder de la palabra, el eco de lo que somos» y reúne literatura, oralidad, artes escénicas, música, artes visuales, conferencias, conversatorios y talleres.
También aparece Durazno, donde en noviembre de 2025 se celebró la primera edición de ExpoLibro Durazno, incorporándose así un nuevo punto al mapa de los encuentros alrededor del libro.
Y hay otra forma de encontrarse con la lectura que no necesita una gran feria: la Noche de las Librerías. Durante una jornada, las librerías y otros espacios culturales amplían sus horarios y se llenan de presentaciones, charlas, talleres y actividades. La librería se convierte así en algo más que un lugar donde comprar un libro: también es un espacio de encuentro.
A este mapa se suma en 2026 la FIEL, Feria Independiente de Editores y Libreros, cuya primera edición se celebrará en Montevideo en septiembre. Una iniciativa que pone el foco en las pequeñas editoriales independientes, las librerías y los proyectos autoeditados.
Grandes ferias, encuentros locales, librerías y edición independiente. Distintas maneras de conseguir que los libros circulen y vuelvan a encontrarse con sus lectores.
Botella al mar
Después de hablar de cómo se construye una mirada propia, dejamos una frase de Louise Glück.

En Nostos, incluido en Meadowlands, la poeta estadounidense escribió:
«Miramos el mundo una sola vez, en la infancia. Lo demás es memoria.»
Una frase que nos lleva hasta la memoria y esa primera manera de mirar el mundo que, de alguna forma, permanece con nosotros.
Mesa Delicatessen
En Mesa Delicatessen, Jaime recupera su artículo «Una vez más el arte pierde su lugar», publicado en Delicatessen.uy.

La desaparición de unos murales de la Terminal Tres Cruces sirve como punto de partida para preguntarnos qué lugar ocupa el arte en los espacios cotidianos y qué perdemos cuando deja de formar parte de ellos.
El nuevo proyecto incorpora vegetación en esas zonas, una decisión que puede ser valiosa, pero que abre otra pregunta: ¿por qué elegir entre naturaleza y arte cuando ambos pueden convivir?
Y al cerrar el episodio…
La poesía vuelve a acompañarnos.
Esta vez escuchamos En esta noche, en este mundo, de Alejandra Pizarnik.

En esta noche en este mundo
las palabras del sueño de la infancia de la muerta
nunca es eso lo que uno quiere decir
la lengua natal castra
la lengua es un órgano de conocimiento
del fracaso de todo poema
castrado por su propia lengua
que es el órgano de la re-creación
del re-conocimiento
pero no el de la re-surrección
de algo a modo de negación
de mi horizonte de maldoror con su perro
y nada es promesa
entre lo decible
que equivale a mentir
(todo lo que se puede decir es mentira)
el resto es silencio
sólo que el silencio no existe
no
las palabras
no hacen el amor
hacen la ausencia
si digo agua ¿beberé?
si digo pan ¿comeré?
en esta noche en este mundo
extraordinario silencio el de esta noche
lo que pasa con el alma es que no se ve
lo que pasa con la mente es que no se ve
lo que pasa con el espíritu es que no se ve
¿de dónde viene esta conspiración de invisibilidades?
ninguna palabra es visible
sombras
recintos viscosos donde se oculta
la piedra de la locura
corredores negros
los he corrido todos
¡oh quédate un poco más entre nosotros!
mi persona está herida
mi primera persona del singular
escribo como quien con un cuchillo alzado en la oscuridad
escribo como estoy diciendo
la sinceridad absoluta continuaría siendo
lo imposible
¡oh quédate un poco más entre nosotros!
los deterioros de las palabras
deshabitando el palacio del lenguaje
el conocimiento entre las piernas
¿qué hiciste del don del sexo?
oh mis muertos
me los comí me atraganté
no puedo más de no poder
palabras embozadas
todo se desliza
hacia la negra licuefacción
y el perro del maldoror
en esta noche en este mundo
donde todo es posible
salvo
el poema
hablo
sabiendo que no se trata de eso
siempre no se trata de eso
oh ayúdame a escribir el poema más prescindible
el que no sirva ni para
ser inservible
ayúdame a escribir palabras
en esta noche en este mundo
Y quizá sea un buen lugar para terminar un episodio dedicado a aprender a escribir: allí donde las palabras dejan de ser solamente herramientas y se convierten en una manera de mirar, de nombrar y de intentar decir aquello que a veces se resiste a ser dicho.
Cuaderno de lectura
Y, como siempre, la conversación continúa más allá del episodio con nuestro Cuaderno de lectura.

Esta vez nos detenemos en Galleteras, de Laura Sanz Corada, una lectura que parte de la memoria de una galleta para acercarse a las mujeres que estuvieron detrás de ella y a una historia de trabajo, amistad, organización y conquista de derechos.
Puedes leer el Cuaderno de lectura sobre Galleteras aquí.


Deja un comentario