Por Inma Rodríguez
¿Quiénes son los íntimos? ¿A quiénes damos esa categoría? ¿Una amistad, un familiar, un compañero de trabajo, alguien que estuvo a nuestro lado durante una etapa de la vida? ¿Qué tiene que ocurrir entre dos personas para que una de ellas pase a formar parte de las íntimas de la otra?
El título del libro de Marta Sanz abre esa pregunta, pero Los íntimos es mucho más que una galería de personas cercanas. En estas páginas, la autora recorre su trayectoria profesional y se detiene en el oficio de escribir, en las relaciones que nacen alrededor de la literatura y en las contradicciones que ha encontrado a lo largo de su carrera.
Sanz no parece interesada en construir una imagen ordenada de esa trayectoria. Al contrario, el libro mezcla recuerdos, lecturas, conversaciones y episodios de su vida literaria para mostrar que escribir no sucede al margen de lo que ocurre alrededor. El mercado entra en el estilo y la realidad se cuela en la literatura. Por eso en estas páginas caben tanto las lecturas de infancia y madurez como los encuentros con escritoras y escritores, las ferias del libro y las vanidades que las acompañan, las cuentas pendientes, los cambios en la manera de leer y las transformaciones del propio mundo editorial.
Y ahí aparece una de las cuestiones que atraviesan el libro: qué queda de aquella relación con la literatura que llevó a una persona a convertirse en escritora cuando el mundo alrededor ha cambiado. Sanz ha contado que Los íntimos nace también de la necesidad de revisar cómo ha ido transformándose su manera de entender la literatura, el mercado y la relación entre quienes escriben y quienes leen. Las redes sociales, la prisa, las nuevas formas de consumo cultural y los cambios del negocio editorial forman parte de esa revisión.
La escritora tampoco se coloca fuera de esas contradicciones. Habla desde dentro del mundo literario, con sus reconocimientos y sus frustraciones, sus afectos y sus rivalidades, sus momentos de celebración y sus zonas menos amables. De ahí que el humor tenga tanto peso: permite mirar ese territorio sin convertirlo en una memoria complaciente ni en un ajuste de cuentas.
Y dentro de ese recorrido aparecen las personas.

Escritoras, escritores, editoras, familiares, amigas y compañeros de oficio forman parte de la historia que Sanz reconstruye. Algunos aparecen vinculados a momentos concretos de su trayectoria; otros ocupan un lugar más profundo. El libro muestra que una vida literaria tampoco se construye en soledad: se escribe, se publica, se discute, se comparte y se sostiene dentro de una red de relaciones.
Ahí es donde el plural de Los íntimos adquiere otra dimensión. No se trata solamente de saber quiénes son las personas cercanas a Marta Sanz, sino de entender qué significa que una trayectoria esté atravesada por ellas. La amistad, los cuidados, la complicidad, la admiración y también las diferencias forman parte de esa vida profesional tanto como los libros publicados.
Y esa mirada también nos lleva fuera del mundo literario, porque también nosotras tenemos una historia hecha de libros, trabajos, lugares y decisiones, pero también de personas que fueron apareciendo mientras esa historia sucedía. Algunas permanecen cerca; otras se alejaron. Algunas estuvieron en un momento preciso y después desaparecieron de nuestra vida cotidiana. Otras han seguido ahí mientras nosotras cambiábamos sin darnos cuenta.
Los íntimos no es solamente un libro sobre Marta Sanz. Al mirar hacia atrás y reconstruir su trayectoria, la autora acaba planteando algo que nos resulta reconocible aunque no tengamos nada que ver con el mundo literario: cuánto de lo que somos se ha construido también a través de las personas que nos rodean.

Al cerrar el libro…
Al cerrar Los íntimos, me quedo pensando en las personas que han ido apareciendo en mi vida y en lo fácil que me resulta olvidar todo lo que les debo.
Pienso en quienes han estado durante muchos años y en quienes llegaron después. En las que conocen historias que ya no cuento, en las que me han visto cambiar con los años, en las que me recuerdan quién era cuando yo misma ya no me reconozco en aquella mujer.
Pienso también en las personas a las que no digo suficientemente que las quiero. En esas relaciones que damos por seguras porque forman parte de nuestra vida desde hace tanto tiempo que dejamos de preguntarnos qué sería de nosotras sin ellas.
Pero pienso también en las personas a las que hicimos un hueco en nuestra vida, en nuestra intimidad, y que terminaron decepcionándonos.
Porque dejar entrar a alguien significa confiar. Y confiar también nos expone a que esa persona no sea quien creíamos, a que cambie, a que nos falle o a que un día descubramos que aquella cercanía ya no tiene el mismo lugar.
Las decepciones duelen precisamente porque antes hubo confianza.
Y esas personas también forman parte de nuestra historia. No solo las que permanecieron, sino las que ocuparon un lugar importante y después dejaron un vacío. Incluso ellas forman parte de quienes somos, aunque recordar su nombre ya no produzca la misma sensación.
A pesar de todo, siento gratitud. No una gratitud grandilocuente, sino la que aparece cuando una se da cuenta de que ha tenido mucha suerte. De que la vida no se sostiene solamente con aquello que conseguimos hacer por nuestra cuenta, sino también con conversaciones, afectos, recuerdos compartidos y personas que nos conocen y siguen ahí.
Vuelvo la mirada hacia quienes forman parte de mi historia sin aparecer necesariamente en ella, hacia quienes han dejado algo de sí en mí sin saber cuánto, hacia las personas que, de una manera u otra, me han ayudado a llegar hasta aquí.
Si mirara mi vida como Marta Sanz mira la suya, ¿a quién encontraría alrededor?
La crítica ha dicho…
La crítica ha encontrado difícil encerrar Los íntimos en un género. En El Cultural, Santos Sanz Villanueva lo define como una autobiografía poco convencional, sostenida por una mirada ideológica que convierte la trayectoria de Marta Sanz en una especie de novela social sobre el oficio de escribir y el mundo literario.
En Babelia, Berna González Harbour destaca la voluntad de llevar al libro todo aquello que suele quedar fuera de la literatura: las amistades, el mercado, la posición que ocupa una escritora y las condiciones en las que desarrolla su trabajo. La propia Sanz explica que todo ese entorno termina configurando la mirada y la voz de quien escribe.
Desde otra perspectiva, en República de las Letras, Eduardo Laporte subraya el tono irónico del libro y su capacidad para mostrar los engranajes del mundo editorial y literario español. Su lectura permite acercarse tanto a la historia profesional de Sanz como a algunos detalles más privados de las personas y los espacios que aparecen en ella.
El Instituto Cervantes resume el libro como un «cajón de sastre o de sastra» en el que caben las reflexiones sobre el oficio, las lecturas, los encuentros con otras escritoras y escritores y una idea que atraviesa buena parte de estas páginas: lo que ocurre fuera termina entrando en la literatura y lo íntimo acaba teniendo una dimensión política.


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