Por Jaime Clara

El fin de semana pasado volví a ver Desde el jardín. No sé exactamente cuántas veces la vi. Tampoco importa demasiado. Hay películas que uno vuelve a ver por la historia y otras porque, vaya uno a saber por qué mecanismo, quedaron asociadas a un momento, una sensación o una época de nuestra vida. Y que  tienen la cualidad todavía más extraña: las percibimos diferentes cada vez que regresamos a ellas.

La película es de 1979, fue dirigida por Hal Ashby y tiene como protagonista a un soberbio Peter Sellers, en uno de esos papeles en los que resulta difícil imaginar a otro actor. La primera vez que la vi, me ocurrió algo que es una de las mejores consecuencias que puede provocar una película: me llevó a buscar el libro. La novela es de Jerzy Kosinski y volver a ella después de tantos años confirmó que sigue teniendo una inquietante actualidad. Chance es un hombre que ha pasado prácticamente toda su vida encerrado en una casa, dedicado al jardín y mirando televisión. Cuando finalmente sale al mundo, habla de lo único que conoce. Habla de las plantas, de las estaciones, del crecimiento, de cuándo hay que podar y cuándo hay que esperar. El problema —o la maravilla— es que quienes lo escuchan creen que está hablando de política, economía, poder y del destino de la sociedad. Chance dice cosas sencillas. Los demás se encargan de convertirlas en pensamientos profundos.

Volver a ver la película me llevó otra vez al libro y, naturalmente, a esa discusión interminable que aparece cada vez que el cine se mete con la literatura: ¿es mejor el libro o la película?

La pregunta es un poco injusta, porque estamos hablando de dos lenguajes diferentes. Pero igual la hacemos. Y seguiremos haciéndola. A la salida del cine siempre aparece alguien que dice, con una mezcla de autoridad y resignación: “El libro es mucho mejor”. A veces tiene razón. Otras veces sospecho que lo dice simplemente para dejar constancia de que leyó el libro.

Los cineastas han estado siempre atentos a la literatura. Un libro exitoso tiene algo muy tentador: la historia ya demostró que funciona y además llega acompañado por miles o millones de lectores que conocen a los personajes. Pasó con la trilogía Millennium, de Stieg Larsson; con Harry Potter; con El Señor de los Anillos y con infinidad de novelas que encontraron una segunda vida en las pantallas. Es más, en Netflix me aparece una categoría, “películas basadas en libros”.

Pero una buena novela no garantiza una buena película. Este es un pequeño gran problema.

La literatura tiene herramientas que el cine no posee y el cine dispone de recursos que la literatura no necesita. Una novela puede quedarse durante diez páginas dentro de la cabeza de un personaje. Puede detener el tiempo, volver atrás, explicar un recuerdo, demorarse en una sensación. El cine debe resolver muchas veces todo eso con una mirada, una luz, un silencio, una música o un movimiento de cámara. Por eso adaptar no es simplemente trasladar.

Graham Greene lo sabía muy bien. El escritor británico tuvo una relación particularmente cercana con el cine y reconoció cuánto habían influido las películas en su manera de escribir. En el caso de El tercer hombre, la relación fue todavía más evidente: aquella historia nació íntimamente ligada a su destino cinematográfico. Hay escritores que parecen escribir con una cámara apoyada sobre el hombro.

Marshall McLuhan también se ocupó de la relación entre los medios y señaló el poder que tuvieron tanto el libro como el cine para multiplicar una experiencia y hacerla llegar a personas alejadas entre sí en tiempo y espacio. Dicho de una manera menos académica: un señor puede escribir una historia solo en una habitación y, años después, alguien que vive a miles de kilómetros puede llorar leyendo esas páginas o mirando esa misma historia en una pantalla. No deja de ser extraordinario.

Hay adaptaciones que, en mi caso, prefiero olvidar. Una de ellas es La insoportable levedad del ser. La novela de Milan Kundera me parece magnífica. La película, en cambio, nunca consiguió transmitirme lo que había encontrado en aquellas páginas. Con Gabriel García Márquez ocurrió algo parecido en varias oportunidades. Sus novelas parecen cinematográficas porque están llenas de imágenes, colores, personajes y situaciones extraordinarias, pero trasladar ese universo al cine resultó mucho más difícil de lo que podía suponerse. El amor en los tiempos del cólera es un buen ejemplo. Estoy en el debe con la producción de Netflix, del año pasado sobre Cien años de soledad.

Después están los casos felices.

El nombre de la rosa, de Umberto Eco, es una novela monumental, erudita, llena de discusiones filosóficas, religiosas y políticas. Sin embargo, encontró una excelente versión cinematográfica con Sean Connery. Naturalmente, la película dejó muchas cosas afuera. No podía ser de otra manera. Pero conservó la atmósfera, el misterio, la oscuridad de la abadía y, sobre todo, las ganas de saber quién estaba detrás de aquellas muertes.

Hay películas que incluso terminan prestándole un rostro definitivo a un personaje literario. Me ocurre con Peter Ustinov interpretando a Hércules Poirot. Después de verlo en las adaptaciones de Agatha Christie resulta difícil volver a las novelas sin imaginar al detective con su cara, sus gestos y su particular manera de moverse. El cine, en esos casos, se mete en el libro para siempre.

Uruguay también tiene buenos ejemplos de ese matrimonio, no siempre bien avenido, entre literatura y pantalla.

La televisión adaptó obras de escritores como Milton Fornaro, Mario Delgado Aparaín, Henry Trujillo y Hugo Burel. Precisamente El corredor nocturno, de Burel, llegó al cine en una producción española protagonizada por Leonardo Sbaraglia.

Otro caso que recuerdo especialmente es Mal día para pescar, de Álvaro Brechner, basada en Jacob y el otro, de Juan Carlos Onetti. Llevar a Onetti al cine no parece una tarea demasiado recomendable para alguien que quiera vivir tranquilo. Porque en Onetti lo fundamental muchas veces no es aquello que ocurre, sino el clima que rodea a lo que ocurre. Hay cansancio, derrota, deseo, silencios, vidas que parecen venir usadas de antes. ¿Cómo se filma todo eso? Brechner encontró su camino y consiguió una película con personalidad propia.

También En la puta vida, de Beatriz Flores Silva, surgió de El huevo de la serpiente, la investigación periodística de María Urruzola. Es un recorrido fascinante: primero están los hechos, después alguien los investiga, luego los transforma en un libro y finalmente aparece el cine para volver a contarlos.

Algo parecido ocurrió cuando Pablo Vierci escribió 99% asesinado, sobre el caso Berríos. Aquella historia terminaría llegando a la pantalla como Matar a todos. Hay hechos reales que tienen una estructura tan extraordinaria que parecen haber sido imaginados por un guionista. Lamentablemente ocurrieron. También del propio Vierci, La sociedad de la nieve, es otro ejemplo contundente.

Y después está la lista interminable.

Drácula, de Bram Stoker, tuvo tantas versiones que el pobre conde terminó sobreviviendo no solamente a las estacas sino también a algunas películas realmente espantosas. Pero también hubo grandes versiones. El personaje demostró algo que muy pocos personajes literarios consiguieron: puede atravesar generaciones y seguir dando miedo.

El gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald, también pasó varias veces por el cine. Apocalypse Now, de Francis Ford Coppola, tomó El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, y llevó aquella oscuridad hasta la guerra de Vietnam. Es uno de los mejores ejemplos de que una adaptación puede alejarse muchísimo del original y, sin embargo, conservar algo esencial de él.

La naranja mecánica, de Anthony Burgess, encontró en Stanley Kubrick una película tan poderosa que terminó disputándole protagonismo al propio libro.

Y naturalmente El Padrino. Mario Puzo escribió la novela y Francis Ford Coppola hizo con ella algo que ocurre muy pocas veces: creó una obra que adquirió una dimensión incluso mayor que la de su fuente literaria. Hay personas que jamás leyeron una página de Puzo pero saben perfectamente quiénes son los Corleone. Eso también es el poder del cine.

Podríamos seguir hasta el aburrimiento, que sería la peor manera de hablar de libros y películas. Cada uno tiene su lista. Están las películas que nos decepcionaron porque habíamos imaginado de otra manera a los personajes. Las que nos hicieron descubrir un libro. Las que vimos antes de saber que existía una novela. Las que mejoraron historias apenas discretas. Las que arruinaron libros magníficos. Y están esos casos excepcionales en los que libro y película pueden convivir sin necesidad de declarar un ganador.


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