Galleteras, de Laura Sanz Corada
Por Inma Rodríguez
Mi recuerdo de las galletas María empieza en la despensa de mi casa.
La caja era roja y las letras, azules. Mi madre la guardaba en una balda alta porque sabía que a mi hermana y a mí nos gustaban demasiado. Como ella era mayor, encontraba la manera de alcanzarla cuando mi madre no estaba pendiente y, cuando desaparecían más galletas de las previstas, yo solía acabar pagando las consecuencias. Entonces me parecía injusto. Ahora me hace sonreír.

Mi abuela tenía otra manera de entender las cosas. Cuando llegaba la hora de la merienda, aprovechaba algún descuido de mi madre para ponerme una o dos galletas más en el plato. Era un gesto pequeño y secreto, lleno de amor. Aunque para mí en ese momento era, sencillamente, un poco más de suerte.
Recuerdo cómo mi madre sacaba la caja de la despensa y la llevaba a la cocina. Cuando la abría, salía aquel olor dulce de las galletas recién abiertas. Después estaban la leche, la taza marrón de Duralex y el plato. Me gustaba mojar la galleta lo justo para que absorbiera un poco de leche sin perder el crujiente. Después la dejaba más tiempo, hasta que se deshacía por completo y podía comerla con la cuchara.
También me gustaba comerlas con mantequilla. Untaba una galleta, ponía otra encima y tenía una especie de pequeño bocadillo dulce. Y cuando en casa había Nocilla, la cosa cambiaba: entonces untaba la galleta con ella y la merienda se convertía en una fiesta.

Muchos años después, cuando mis hijos eran pequeños, las galletas María volvieron a aparecer en mi cocina. Yo las migaba en la leche y se las daba como una papilla. No pensaba entonces en aquella caja roja ni en mi abuela. Simplemente repetía un gesto que había aprendido sin saber que lo estaba aprendiendo. La misma galleta había pasado de una generación a otra.
Por eso, cuando vi la portada de Galleteras, de Laura Sanz Corada, reconocí algo que ya formaba parte de mi historia. La auténtica galleta María aparecía acompañada de un subtítulo que despertó mi curiosidad: La otra memoria de la galleta María. Yo llegaba a aquella galleta desde la despensa, desde la merienda y desde las mujeres de mi familia. Ella, desde otro lugar.
Al regresar a Aguilar de Campoo al final del verano de 2022, se reencontró con el olor de las galletas y algo que creía olvidado volvió a su memoria. Me había olvidado, pero ahora me acuerdo, escribe. En su caso, el olfato abre la puerta de la memoria. En el mío, esa puerta se abrió al reconocer una galleta en la portada de un libro.
Pero no se queda en ese recuerdo. Lo sigue. Y ahí empieza el verdadero recorrido del libro.
A partir de esa memoria personal, busca documentos, fotografías y registros, recorre los lugares y, sobre todo, escucha a las mujeres que trabajaron allí. Su memoria es la puerta de entrada, pero son las voces de esas mujeres las que van ocupando el centro del relato. Laura tiene que encontrar una forma de hacer convivir sus recuerdos, los documentos y los testimonios, sin convertirlos en una sucesión de voces. El libro avanza así entre lo que recuerda, lo que encuentra y lo que ellas cuentan.
Los documentos aportan datos, pero los testimonios les ponen voz y cuerpo. Una fecha puede decir cuándo empezó a funcionar una fábrica; una mujer que recuerda sus primeros días allí puede contarnos qué significaba para ella tener catorce años, llegar a aquel lugar y empezar a ganar su propio dinero.

Mientras avanzaba en la lectura, fui entendiendo que aquella galleta de mi infancia tenía otra historia. La autora me llevaba hasta las mujeres que estaban al otro lado de aquella caja roja, las que participaban en su elaboración, las que trabajaban en la fábrica y ponían sus manos en aquello que después llegaría a nuestras casas.
Eran mujeres muy jóvenes, algunas apenas unas niñas, que entraban a trabajar con ilusión, contentas por empezar a tener un sueldo y por lo que significaba para ellas aquel primer empleo.
Con el paso de los años, pudieron volver sobre lo vivido y descubrir otros significados en unos recuerdos que entonces eran simplemente su vida. Esa mirada posterior aparece en el libro sin borrar la que tuvieron en aquel momento. Sus voces cuentan cómo llegaron a la fábrica, qué encontraron allí y qué fueron comprendiendo después.
«Nos hicimos mujeres allí», dice una de ellas.
La palabra galleteras se utilizaba para despreciarlas. Eran jóvenes, trabajaban en un pueblo pequeño, tenían su propio dinero y habían encontrado en la fábrica un espacio que también les pertenecía. Tenían fama de ser bastas, de hablar mal, de decir tacos. Su manera de ocupar aquel espacio rompía con lo que se esperaba de ellas, y eso incomodaba.
Una de las cosas que atraviesan los testimonios es que no estamos ante personajes de una historia que ya conocemos. Son jóvenes que iban a trabajar, tenían amigas, se enamoraban, se casaban, tenían hijos, discutían, se reían y volvían a casa cansadas. La historia de sus derechos está ahí, pero no ocupa todo el espacio. También están las mujeres que vivieron aquellos días, con sus contradicciones, sus deseos y sus vidas cotidianas.
Cuando leí en el libro la expresión sus labores, pensé en mi madre. Era modista y trabajaba en casa. También se ocupaba de las tareas del hogar y de sus hijas. Durante mi infancia, cada vez que tenía que rellenar una ficha para el colegio y llegaba a la casilla de la profesión, yo escribía sus labores. Era lo mismo que poníamos muchas de mis amigas, aunque nuestras madres fueran modistas, limpiadoras de casas o se ocuparan de otras tareas. Sus labores servía para todas.
Con el tiempo he entendido todo lo que podían esconder aquellas dos palabras. En el caso de mi madre, incluso su trabajo como modista quedaba fuera de aquella casilla. Era modista, pero yo escribía sus labores.
Ahí encontré un vínculo entre las mujeres de la fábrica y las mujeres que se quedaban en casa. Sus vidas eran distintas, pero en ambos casos había algo que las unía: lo que sabían hacer con sus manos. En la fábrica, ese trabajo tenía un valor y se pagaba con un salario. En casa, ese mismo saber hacer quedaba sin reconocimiento y podía resumirse en dos palabras: sus labores.
Las galleteras salían de casa para ir a trabajar, pero al regresar las esperaban las tareas y los cuidados. Tener un salario propio no significaba dejar atrás esas responsabilidades. La jornada podía terminar en la fábrica, pero no necesariamente en casa.
Fueron mucho más que las manos que la fábrica necesitaba. En la fábrica se hicieron amigas, se reconocieron como trabajadoras y empezaron a organizarse. Algunas llegaron a formar parte de los comités de empresa. La igualdad salarial, los derechos laborales y la posibilidad de seguir trabajando después de casarse no llegaron de manera natural. Tuvieron que reclamarlos. Y, en ese proceso, fueron construyendo algo que iba más allá del dinero: una conciencia de lo que podían conseguir juntas y una manera distinta de mirarse a sí mismas.
Yo llegué a ellas por el camino contrario. No las conocí en la fábrica ni en sus testimonios. Las encontré al final de todo el recorrido, cuando la galleta ya estaba en mi casa y formaba parte de una merienda. La autora me llevó hacia atrás, hasta las mujeres que estaban al otro lado de aquella caja roja y hasta una historia que yo nunca había imaginado cuando era niña.

Al cerrar el libro…
Cerré Galleteras. Volví a mirar la portada, aquella galleta. Después abrí el libro de nuevo y busqué la dedicatoria.
«A las que se sintieron solas en la lucha.
A mi madre.
Para mi hija.»
La había leído al comenzar, pero ahora las palabras tenían otro peso. Me detuve en esas dos últimas líneas: «A mi madre. Para mi hija».
Pensé en mi madre. En las mujeres de las que habla el libro. En todo lo que tuvieron que reclamar para conseguir derechos que hoy forman parte de nuestra vida. Y entonces apareció una sensación que no esperaba encontrar al terminar esta lectura: miedo.
Miedo a que algunos de esos derechos puedan perderse. A que aquello que costó tanto conquistar deje de darse por hecho. A que mi hija tenga que defender algún día derechos que yo daba por conquistados.
Volví a mirar la dedicatoria.
«A mi madre.
Para mi hija.»
Entre esas dos líneas caben muchas mujeres, muchas historias y también muchas luchas que todavía están pendientes. Pero también cabe algo que ahora, después de leer este libro, miro de otra manera: la responsabilidad de no dar por conquistado para siempre aquello que otras mujeres tuvieron que conquistar.
Y me fui a buscar las María Fontaneda.

«Qué buenas son las galletas Fontaneda,
qué buenas son las María Fontaneda».
La crítica ha dicho…
La recepción de Galleteras ha puesto el foco en la memoria de las trabajadoras de Fontaneda y en la particular forma en que Laura Sanz Corada la reconstruye. María Arranz, en El País, sitúa el libro entre el ensayo y la novela documental y destaca su capacidad para recuperar una memoria obrera de las mujeres que durante años quedó desdibujada.
Juan Marqués, en The Objective, subraya la dimensión reivindicativa del libro, pero también su carácter íntimo. Habla de una historia cercana y todavía abierta, en la que la memoria de la fábrica se mezcla con la experiencia personal de la autora.
En La Vanguardia, Camila Beraldi pone el acento en la relación entre la galleta y la memoria. Ese objeto cotidiano, asociado a la infancia y a la vida doméstica, se convierte en una vía para acercarse a la historia de las mujeres que estuvieron detrás de su fabricación.
Para seguir leyendo
- Galleteras, el libro que reivindica la memoria de las trabajadoras de la fábrica de galletas Fontaneda — El País
- Las ‘Galleteras’ de Laura Sanz Corada: «La memoria se mastica» — The Objective
- Las ‘galleteras’ de Fontaneda revelan la otra historia de las galletas María — La Vanguardia


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